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viernes, 18 de diciembre de 2015

Un Día Cualquiera

Desperté con total normalidad, abrazada por los suaves rayos del sol matutino. Tú, dormías a mi lado, te observé detenidamente, te veías tan bien que dudé si despertarte o no. Finalmente, acaricié tus cabellos hasta que tus ojos se abrieron. Tu entrecejo se arrugó evidenciando una mueca de disgusto hacia lo que fuere que interrumpió tu descanso, hasta que tu mirada se encontró con la mía, solo entonces esbozaste una sonrisa y tus dedos se enredaron en mis cabellos devolviendo la caricia…
Desayunamos juntos como siempre. Tú, recién duchado y con buen aroma y yo, aun en pijama, pero me quedé ante tu alegato de que comiera a tu lado. “Te duchaste anoche, aun hueles bonito” dijiste tomándome por la cintura y hundiendo tu nariz entre mis cabellos. Comimos tranquilos. Era tu día libre, así que la conversación trató en su mayoría sobre las cosas que planeabas hacer. “Recuerda arreglar la llave de la cocina, por favor. Siempre que estoy sola me vuelve loca con su goteo” Te pedí justamente al escuchar ese pequeño pero molesto sonido. Además de eso, planeamos salir de compras para preparar las cosas que llevaríamos a la casa de tu madre en el sur, la próxima semana saldrías de vacaciones y queríamos aprovechar al máximo esos días… Ese día dejaríamos todo en su lugar.
Las ultimas gotas de agua caían sobre mí desde la ducha cuando oí un ruido que llamó mi atención, eran las desafinadas notas de aquel instrumento musical que te obsequié hacía unas semanas para tu cumpleaños, se notaba que aún no aprendías a tocar nada. Te lo hice saber mientras salía del baño envuelta en una toalla. Me miraste embobado como si fuese la primera vez que me veías semidesnuda, hasta que me hiciste sentir el pudor de presentarse así ante alguien que deseas por primera vez. Sonreíste por eso, seguramente me había puesto roja ante esa mirada tuya. “Cuando aprenda a tocar bien, aprenderé todo tipo de canciones especialmente para ti”, prometiste sin notar que no tenías futuro con ese instrumento.
Al salir de casa para las compras tuvimos una pequeña discusión, alegabas que siempre me tardo en salir y yo te criticaba que si dejaras tus cosas en orden yo no me demoraría en arreglarme, además de que no habías hecho ninguna de las cosas que planeabas mientras estabas esperándome “Por lo menos pudiste arreglar la llave” reclamé.
Salimos tensos de casa, tu instrumento quedó sobre el sofá… Caminamos unas cuadras en busca del transporte público, nos separaba el silencio, ninguno se miraba, hasta que escuché que hacías una de tus graciosas observaciones, como si jamás nos hubiésemos peleado, ahora pienso que fue por la costumbre de hablarme, te miré de reojo y noté cómo tus orejas enrojecieron, sin percatarte habías cedido. Volví a darle vuelta en mi cabeza a aquello que dijiste, esta vez entendiendo el mensaje, no pude evitar reír mientras te miraba tímidamente. Te paraste en seco, tomaste de mi cintura como acostumbrabas y me acercaste a ti, tan cerca que sentía tu calor: “Van a ser ocho años, y no te he ganado ni una sola vez”, comentaste antes de ceder a aquel magnetismo que se interponía entre nuestros labios. Estábamos tan cerca que podía escuchar tu corazón latiendo lleno de amor y vida.
Compramos sin problemas. Me invitaste a almorzar en mi lugar favorito. Hablamos del clima, de la gente, de la película que vimos hace varios años, del videojuego favorito cuando eras niño, en fin, hablamos de todo lo que nos nacía, conversaciones cotidianas que se tienen incluso sin darte cuenta de que tu pareja es tu mejor amigo y que hablan cosas como con cualquier otro. Tardamos en comer tres veces más de lo que deberíamos, entre risas y comentarios, no nos dimos cuenta de lo rápido que pasaba el tiempo.
Llegamos a casa poco antes del atardecer, tus pobres músculos apenas aguantaban el peso de las bolsas, pero yo solo me quejaba de lo sudada que había llegado. Tras notar como te desvanecías sobre la alfombra agotado, me acerqué acosadora para robarte un beso, recostándome casi sobre ti, al elevar mi rostro, pude notar tu sonrisa cansada pero feliz. Sentí mi propio corazón intentando gritarte cuanto te amaba en ese momento.
Prometí prepararte algo rico para que comiéramos después de que me duchase…
No entiendo lo que ocurrió después. Desde aquí se nubla mi mente. Solo sé que al salir del baño, esta vez vestida completamente, te vi aun tirado en el piso. Recuerdo verte durmiendo como en la mañana, pero esta vez, una extraña inquietud quiso que te despertara, primero acaricié tus cabellos pero pronto, en mi desesperación, solo podía sacudirte. Recuerdo la llegada de algún vecino de confianza que vino preocupado por mis gritos y llantos que yo, a estas alturas, ya no recuerdo. Llegaron unos hombres con una credencial de paramédicos y nos llevaron a un hospital…
No sé qué más ocurrió. Poco antes de las diez de la noche un doctor me sentaba para comunicarme que tu corazón había dejado de latir, que para cuando habíamos llegado ya no había nada que hacer, me explicó que era una muerte más común de lo que parecía… solo entendí que saliste sorteado en una de las tantas loterías de la mala suerte.
El doctor me dio un medicamento y me envió a casa con el vecino que había llegado a la casa a ayudar. No podré verte hasta mañana. Al llegar a casa, entré sola, el vecino quedó de enviarme a su mujer para que me hiciera compañía. Una vez adentro, encendí la luz y vi aquel instrumento musical que habías dejado sobre el sillón, te habías acostado en el suelo por la pereza de no sacarlo de ahí ¿Estarías vivo si te hubieses tomado el tiempo de quitarlo? ¿Tal vez si nunca te lo hubiese obsequiado…? La verdad no sé qué pensar.
Hoy el día comenzó muy prometedor, lleno de planes, tan cotidiano como cualquiera. Estando yo embriagada de felicidad, ni siquiera pensé que el día, así como la vida, deben terminar, algunas antes, otras después, pero todas llegan a su fin.
El reloj no deja de correr para nadie a menos que se le acaben las pilas.
Abracé el cuello de ese desafinado instrumento, y solo pensé… pensé que no quiero olvidar este día, ni desfigurarlo por culpa del tiempo, así es que tomé mi computador y comencé a escribir. Ahora que mi narración llegó al presente me pregunto tantas cosas y me replico tantas otras… hoy no te dije “te amo” en ningún momento, hoy debimos comer en tu lugar favorito, hoy debí abrazarte más, besarte más… pero ya no lo hice y ya jamás lo podré hacer.

El medicamento me está haciendo efecto, el goteo de la llave me volverá loca si no me duermo pronto, hay ratos en que te maldigo como si estuvieses aquí, por no arreglar esa llave. A cada momento siento que llegarás por esa puerta, que en verdad hoy es un día de trabajo y te has retrasado porque tu jefe te lo pidió y no tuviste tiempo de informarme; que el día fue solo un sueño de cinco minutos, así como lo que demoraré en leer estas páginas mañana. Dejaré que el sueño me venza en cuanto la luz de este computador se desvanezca, de esa manera tal vez, al despertar por la mañana, descubriré que todo esto fue una pesadilla y me despertaran las desafinadas notas del instrumento que estoy abrazando, o sentiré mi cabello revuelto o mi cintura envuelta por tus brazos que ahora sé, no me volverán a tocar.


A todos aquellos que han perdido a alguien especial de un momento a otro.

4 comentarios:

  1. un relato de un encuentro con detalles. Gracias

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  2. Muy buen relatatado, la trama bien llevada y el final sorprendente. Me gustó

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  3. Que hermoso, que buen relato, me encantó, tienes eso que cuando comienzas quieres terminar de leerlo.

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  4. Gracias por todos los comentarios. No saben lo mucho que me motivan y tomaré las sugerencias, no desesperen. Pronto estaré de regreso con otra historia.
    Saludos y gracias de nuevo.

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