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viernes, 25 de diciembre de 2015

Navidad en Otra Perspectiva

Abigail no celebra navidad, no es de ninguna religión, tampoco se opone a ninguna, en realidad, a Abigaíl no le interesan las fiestas, para ella todos los días son iguales, vive la vida según le dictan sus instintos intentando divertirse al máximo. Pero, no por todo ello a Abigail no le gusta esta festividad. De todas las festividades que puedan tener los humanos y que ella ha visto, la navidad es la que más le agrada.
La noche del 24 notó cómo la gente iba desapareciendo de las calles. Eran pocas las tiendas que aún tenían luces para cuando el sol se fue, ella se divertía buscando las que tuviesen aun esas pequeñas luces de colores parpadeantes encendidas. En el fondo de la calle donde acostumbraba  a pasear, en la calle del gran árbol luminoso, se oía un ruido común para ella, pero que esa vez la hizo sentir más feliz… no, felicidad no es la palabra. Abigail se detuvo para entender qué era lo que sentía, cuando un ruido la sobresaltó y la obligó a esconderse, era la cortina de metal de la última tienda que quedaba abierta, algunas personas hablaban y reían mientras la terminaban de bajar y poner los candados, todos se despidieron y se perdieron, pero una mujer joven se quedó quieta,  miraba el árbol luminoso, como una madre mira a su hijo dormido, como quien mira una estrella o algo aún más hermoso, Abigail salió de su escondite y miró también, algo en la sonrisa de la mujer le produjo tanta curiosidad que no pudo evitarlo. De pronto la mujer se volteó, y observó a Abigail aun con la misma sonrisa, dio un paso hacia ella pero volvió a su escondite antes de que pudieran hacer cualquier tipo de contacto, la mujer se acercó al lugar sin invadir su espacio, desató el nudo de su bolsa y sacó un envase plástico con algunos restos de comida. Olían deliciosos.
-De saber que te vería hoy, te hubiese dejado más _Dijo la joven sin dejar de sonreír –Espero que te guste. _Se despidió antes de partir
Solo cuando estuvo segura de que ya no había nadie más cerca salió de su escondite, olfateó lo que le dejó la joven una decena de veces antes de tomar el primer bocado, pero una vez en su boca, no pudo aguantar y engulló todo. Mientras se saboreaba de su primera comida en días, miró nuevamente el árbol luminoso, de verdad no había nada más bello e hipnótico… tal vez eso sentían las polillas.
El tiempo pasó. Abigail estaba recostada junto al árbol luminoso cuando un hombre pasó corriendo. Solo por diversión, lo siguió, guardando siempre la distancia para que no la viese. El hombre jadeaba y jadeaba pero no dejaba de correr haciendo que las luces que colgaban sobre la calle se volviesen líneas pasajeras. Ella notó que el ruido que había oído antes se acentuaba en el ambiente y, a diferencia del hombre que corría, se detuvo frente a la fuente de origen. Era un dorado instrumento, de forma graciosa, con muchos botones, el muchacho que lo manipulaba, lo llevaba colgado al cuello y lo soplaba por el extremo más delgado, emitía un ruido fuerte al salir el aire por el otro lado más grande, tanto que ella podría sentarse en él si el hombre se lo hubiese permitido alguna vez. En vez de eso, lo hizo en una banca, guardando distancia de aquel muchacho. Él la miraba pero no dejaba de tocar su instrumento, nada la ponía más tranquila que eso. Algo la hizo mirar hacia el árbol luminoso, que esta vez, con música, se veía más hermoso aun. Pasadas varias horas el muchacho se fue, recogiendo todas las monedas de la funda que tenía sobre el piso. Abigail se durmió un momento tras eso.
Más voces la despertaron. Un grupo de personas pasaron junto a ella con cajas en las manos, ¡Olían a comida!, decidió probar suerte y los siguió. Cada vez se alejaba más del árbol luminoso. Llegaron a un lugar de verdad deprimente, Abigail arrugó la nariz y se quedó sentada para observar qué harían con la comida, entonces notó que había más hombres tirados en el piso, así como ella dormía, se tapaban con cartón y miraban recelosos a los hombres de las cajas. Tras un intercambio de palabras, todos comenzaron a desenvolver y compartir la comida. Era curioso que todos esos hombres no estuviesen en casa teniendo una, si Abigail tuviese, no andaría por ahí rastreando comida gratis, pero todos se veían felices compartiendo un poco de comida y comiéndola en la calle a pesar de los olores que a nadie parecía importarle. Uno de los hombres que antes llevaba las cajas la vio, al igual que la joven del árbol luminoso, sonrió, abrió el pan que comía y sacó la carne y el queso que tenía dentro, solo se quedó con la lechuga (lo que Abigail agradeció, pues le hacía mal).
-Aquí tienes, minina. También debe ser una feliz navidad para ti _Dijo el hombre sin dejar de sonreír. Abigail solo levantó la cabeza (y luego el lomo) cuando el hombre le pasó la mano, pero no dejó de comer.
El hombre preparó una de las cajas ahora vacías, puso su suéter en su interior y dejó más carne adentro. Abigail cayó en la trampa, comió y se durmió en su nueva y cálida cama, y antes de que pudiera reaccionar estaba encerrada en ella… por eso no le gustaba acercarse a la gente…
A través de unos agujeros que no supo en que momento aparecieron, vio una luz y oyó algunas risas y expresiones de alegría. De pronto sintió como la caja se movía mientras alguien la abría.
-¡Un gatito! _Gritaron dos voces infantiles al mismo tiempo.
-Ya están en edad de tener responsabilidad. Pero si no la cuidan la devolveré _Amenazó la voz del hombre que la había hecho caer en la trampa.

Esta noche, Abigail cumple un año en esa casa y aunque extraña a la joven que le sonreía y hablaba como esperando respuesta mientras le daba los restos de su almuerzo y al muchacho que tocaba (lo que sus amos alguna vez dijeron era un saxofón) mientras la miraba, no siente necesidad de volver. En ese lugar tienen su propio árbol luminoso, es más pequeño, pero a ella le gusta aún más, pues le cuelgan lindas pelotitas, que, si se rompen, ya sabe que serán para ella.
Sí, Abigail es una gata y no celebra navidad, no es de ninguna religión, tampoco se opone a ninguna, en realidad, a Abigaíl no le interesan las fiestas, para ella todos los días son iguales, vive la vida según le dictan sus instintos intentando divertirse al máximo con los juguetones niños de la casa. Pero, no por todo ello a Abigail no le gusta la navidad, porque fue ahí donde alguien la encontró.


miércoles, 23 de diciembre de 2015

¿Servirá para el día del libro?

Nota: Lo encontré con este título en mi citada carpeta. No quise modificarle nada. Fue el último escrito que hice en mi último año de escuela para un evento del Día del Libro, en lo personal buscaba sensibilizar a las generaciones que venían tras la mía para que escribieran además de leer; quería mostrarle que literatura también incluye la elaboración de un texto y no solo la fría lectura del mismo, en esa época (y creo que aún sigue siendo igual) me conformaba con que tan solo una persona entendiera el mensaje y sintiera lo que yo sentía al tomar un lápiz y un cuaderno...Hoy, y quiero dejarlo bien en claro, lo escribiría de mejor manera. Son tantas las cosas que puedo decir sobre lo que me hace sentir la escritura, que creo que me quedaría pequeña esta página. Por ahora les dejo esto, mi pensamiento de cuando apenas tenía 17 años:


¿Qué son un cuaderno y un lápiz? Les diré lo que yo veo en ellos, cuando los veo juntos: veo una puerta hacia lo que quiera pensar, creer, inventar e imaginar. Un cuaderno en blanco es un libro que espera ser escrito, una historia que nadie ha contado, tal vez tu historia o tal vez la mía, tal vez una historia real o una totalmente falsa…
¿Saben cuál es la emoción que se obtiene al escribir una historia? Es la misma que se tiene cuando otro la lee, pero en este caso tu pones los limites y dejas que tu mano fluya dejando como huella cada letra, cada palabra… escribir una historia es como la vida, es dar vida: se avanza en medio de la incertidumbre y surgen cosas inesperadas, te sorprendes a ti mismo con ellas, buscas salir de un problema para que aparezca otro, al último, la única solución es el final.
Cualquiera puede escribir una historia, pero ¿Cualquiera puede ampliar lo suficiente su mente para continuarla?... cualquiera puede acceder a un cuaderno viejo y un lápiz gastado, ambos a punto de morir, pero ¿puede cualquiera devolverles la vida? ¿Puede cualquiera convertir un gastado lápiz y un viejo cuaderno en un libro?...

18/03/13



domingo, 20 de diciembre de 2015

La Voz del Silencio

Caminando por la plaza una tarde me encontré con él. Sus ojos tristes me habían hipnotizado. Era unos treinta centímetros más alto que yo, de piel tostada, cabello hasta los hombros de color café igual que sus ojos, algunos detalles le quitaban la perfección, pero mi mente me hacia ignorarlos. No estaba interesada realmente en su persona, pero la curiosidad por saber que le sucedía no me permitía dejar de observarlo, por lo que me oculté en un árbol cerca de él.
Sin previo aviso volteó a mirarme. Su expresión era de pocos amigos, pero mi naturaleza obstinada no me dejó retirar la mirada, después de todo, mi escondite ya había sido descubierto. Su expresión se endureció aun más ante mi desafío silencioso.
-¿Tienes algún problema? _Su voz era fría, igual que su mirada y encajaba perfectamente con su apariencia de chico malo, pero en el fondo estaba segura de que sufría – ¿Acaso eres muda que no respondes? _Dijo levantándose de su lugar para acercárseme, era lógico, quería que yo saliera corriendo, pero no lo iba a hacer.
Asentí sin retirar la mirada ni un segundo. Regularmente la gente no me cree cuando les indico mi condición, pero él dejó de mirarme a los ojos aceptando en silencio su error.
-Lo lamento _Dijo sentándose nuevamente, esta vez, en la orilla de la banca, dándome un espacio. Volvió a mirarme con ojos tristes y yo le sonreí, indicándole que no había problema.
Estuve a su lado unos minutos, él no hablaba, se sentía incómodo con mi presencia. Tímidamente le toqué el hombro, luego mi pecho diciendo “yo” y luego indiqué las violetas junto al árbol donde me había escondido anteriormente. Era la única manera comprensible para que entendiera que me estaba presentado.
-¿Te gustan? _Preguntó. Me golpee la frente con la mano y repetí el gesto más lentamente pero con agresividad en mi mirada –“¿Tu… violetas?” _Descifró mas tímidamente, lo miré ansiosa por que comprendiera de una buena vez -¿Te llamas Violeta? _Asentí. Luego lo indiqué a él –Esteban _Respondió sin darle importancia.
Tras otro momento de silencio meditando cómo preguntarle, volví a tocar su hombro, esta vez pasé mi dedo índice por mi pómulo repasando el camino de una lágrima, posteriormente volví a indicarlo a él.
-No estaba llorando… _Respondió Esteban mirando hacia otro lado, yo solo negué cuando él me miró nuevamente –…Estaba pensando _Repetí el gesto de la lagrima poniendo cara triste, esta vez sí entendió la idea –No estoy triste, simplemente… me siento solo, como si nadie oyera lo que intento decir… _Se detuvo en seco –Lo siento _Dijo tras percatarse de la ironía de sus palabras.
Volví a sonreír para indicarle que no había problema, luego volví a poner mi mano en mi pecho diciendo “yo” luego negué e indiqué mi garganta, me miró sin comprender, repetí el primer gesto y en el segundo indiqué mí oído
–Gracias _Respondió entendiendo la idea.
Habló por mucho tiempo. Su modo de ver al mundo era bastante colorido en comparación al mío, la vida me hizo ver todo gris y no me permitió pedir ayuda. Él, en cambio, terminó guardando silencio por miedo, ya que sus iguales lo apartaban debido a su perspectiva. Su apariencia siempre fue temible, la aprovechó como armadura y así alejó a todos de su lado, obligándose así, a guardar todos esos colores con los que veía la vida en el fondo de su ser, siempre con la esperanza de que algún día pudiera dejarlos salir, y mostrárselos a quien lo quisiera.

Me pareció que solo pasaron segundos desde que me senté a su lado hasta que el cielo comenzó a tornarse naranjo y una brisa fría hizo que me estremeciera. Ese fue nuestro primer encuentro, pero no el último. Él fue la primera persona de mi edad en comprenderme y yo… simplemente fui la primera en escuchar aquello que él tenía que decir.

viernes, 18 de diciembre de 2015

Un Día Cualquiera

Desperté con total normalidad, abrazada por los suaves rayos del sol matutino. Tú, dormías a mi lado, te observé detenidamente, te veías tan bien que dudé si despertarte o no. Finalmente, acaricié tus cabellos hasta que tus ojos se abrieron. Tu entrecejo se arrugó evidenciando una mueca de disgusto hacia lo que fuere que interrumpió tu descanso, hasta que tu mirada se encontró con la mía, solo entonces esbozaste una sonrisa y tus dedos se enredaron en mis cabellos devolviendo la caricia…
Desayunamos juntos como siempre. Tú, recién duchado y con buen aroma y yo, aun en pijama, pero me quedé ante tu alegato de que comiera a tu lado. “Te duchaste anoche, aun hueles bonito” dijiste tomándome por la cintura y hundiendo tu nariz entre mis cabellos. Comimos tranquilos. Era tu día libre, así que la conversación trató en su mayoría sobre las cosas que planeabas hacer. “Recuerda arreglar la llave de la cocina, por favor. Siempre que estoy sola me vuelve loca con su goteo” Te pedí justamente al escuchar ese pequeño pero molesto sonido. Además de eso, planeamos salir de compras para preparar las cosas que llevaríamos a la casa de tu madre en el sur, la próxima semana saldrías de vacaciones y queríamos aprovechar al máximo esos días… Ese día dejaríamos todo en su lugar.
Las ultimas gotas de agua caían sobre mí desde la ducha cuando oí un ruido que llamó mi atención, eran las desafinadas notas de aquel instrumento musical que te obsequié hacía unas semanas para tu cumpleaños, se notaba que aún no aprendías a tocar nada. Te lo hice saber mientras salía del baño envuelta en una toalla. Me miraste embobado como si fuese la primera vez que me veías semidesnuda, hasta que me hiciste sentir el pudor de presentarse así ante alguien que deseas por primera vez. Sonreíste por eso, seguramente me había puesto roja ante esa mirada tuya. “Cuando aprenda a tocar bien, aprenderé todo tipo de canciones especialmente para ti”, prometiste sin notar que no tenías futuro con ese instrumento.
Al salir de casa para las compras tuvimos una pequeña discusión, alegabas que siempre me tardo en salir y yo te criticaba que si dejaras tus cosas en orden yo no me demoraría en arreglarme, además de que no habías hecho ninguna de las cosas que planeabas mientras estabas esperándome “Por lo menos pudiste arreglar la llave” reclamé.
Salimos tensos de casa, tu instrumento quedó sobre el sofá… Caminamos unas cuadras en busca del transporte público, nos separaba el silencio, ninguno se miraba, hasta que escuché que hacías una de tus graciosas observaciones, como si jamás nos hubiésemos peleado, ahora pienso que fue por la costumbre de hablarme, te miré de reojo y noté cómo tus orejas enrojecieron, sin percatarte habías cedido. Volví a darle vuelta en mi cabeza a aquello que dijiste, esta vez entendiendo el mensaje, no pude evitar reír mientras te miraba tímidamente. Te paraste en seco, tomaste de mi cintura como acostumbrabas y me acercaste a ti, tan cerca que sentía tu calor: “Van a ser ocho años, y no te he ganado ni una sola vez”, comentaste antes de ceder a aquel magnetismo que se interponía entre nuestros labios. Estábamos tan cerca que podía escuchar tu corazón latiendo lleno de amor y vida.
Compramos sin problemas. Me invitaste a almorzar en mi lugar favorito. Hablamos del clima, de la gente, de la película que vimos hace varios años, del videojuego favorito cuando eras niño, en fin, hablamos de todo lo que nos nacía, conversaciones cotidianas que se tienen incluso sin darte cuenta de que tu pareja es tu mejor amigo y que hablan cosas como con cualquier otro. Tardamos en comer tres veces más de lo que deberíamos, entre risas y comentarios, no nos dimos cuenta de lo rápido que pasaba el tiempo.
Llegamos a casa poco antes del atardecer, tus pobres músculos apenas aguantaban el peso de las bolsas, pero yo solo me quejaba de lo sudada que había llegado. Tras notar como te desvanecías sobre la alfombra agotado, me acerqué acosadora para robarte un beso, recostándome casi sobre ti, al elevar mi rostro, pude notar tu sonrisa cansada pero feliz. Sentí mi propio corazón intentando gritarte cuanto te amaba en ese momento.
Prometí prepararte algo rico para que comiéramos después de que me duchase…
No entiendo lo que ocurrió después. Desde aquí se nubla mi mente. Solo sé que al salir del baño, esta vez vestida completamente, te vi aun tirado en el piso. Recuerdo verte durmiendo como en la mañana, pero esta vez, una extraña inquietud quiso que te despertara, primero acaricié tus cabellos pero pronto, en mi desesperación, solo podía sacudirte. Recuerdo la llegada de algún vecino de confianza que vino preocupado por mis gritos y llantos que yo, a estas alturas, ya no recuerdo. Llegaron unos hombres con una credencial de paramédicos y nos llevaron a un hospital…
No sé qué más ocurrió. Poco antes de las diez de la noche un doctor me sentaba para comunicarme que tu corazón había dejado de latir, que para cuando habíamos llegado ya no había nada que hacer, me explicó que era una muerte más común de lo que parecía… solo entendí que saliste sorteado en una de las tantas loterías de la mala suerte.
El doctor me dio un medicamento y me envió a casa con el vecino que había llegado a la casa a ayudar. No podré verte hasta mañana. Al llegar a casa, entré sola, el vecino quedó de enviarme a su mujer para que me hiciera compañía. Una vez adentro, encendí la luz y vi aquel instrumento musical que habías dejado sobre el sillón, te habías acostado en el suelo por la pereza de no sacarlo de ahí ¿Estarías vivo si te hubieses tomado el tiempo de quitarlo? ¿Tal vez si nunca te lo hubiese obsequiado…? La verdad no sé qué pensar.
Hoy el día comenzó muy prometedor, lleno de planes, tan cotidiano como cualquiera. Estando yo embriagada de felicidad, ni siquiera pensé que el día, así como la vida, deben terminar, algunas antes, otras después, pero todas llegan a su fin.
El reloj no deja de correr para nadie a menos que se le acaben las pilas.
Abracé el cuello de ese desafinado instrumento, y solo pensé… pensé que no quiero olvidar este día, ni desfigurarlo por culpa del tiempo, así es que tomé mi computador y comencé a escribir. Ahora que mi narración llegó al presente me pregunto tantas cosas y me replico tantas otras… hoy no te dije “te amo” en ningún momento, hoy debimos comer en tu lugar favorito, hoy debí abrazarte más, besarte más… pero ya no lo hice y ya jamás lo podré hacer.

El medicamento me está haciendo efecto, el goteo de la llave me volverá loca si no me duermo pronto, hay ratos en que te maldigo como si estuvieses aquí, por no arreglar esa llave. A cada momento siento que llegarás por esa puerta, que en verdad hoy es un día de trabajo y te has retrasado porque tu jefe te lo pidió y no tuviste tiempo de informarme; que el día fue solo un sueño de cinco minutos, así como lo que demoraré en leer estas páginas mañana. Dejaré que el sueño me venza en cuanto la luz de este computador se desvanezca, de esa manera tal vez, al despertar por la mañana, descubriré que todo esto fue una pesadilla y me despertaran las desafinadas notas del instrumento que estoy abrazando, o sentiré mi cabello revuelto o mi cintura envuelta por tus brazos que ahora sé, no me volverán a tocar.


A todos aquellos que han perdido a alguien especial de un momento a otro.

lunes, 7 de diciembre de 2015

Vesillos Hallados en un Cuaderno

Te fallé porque prometí encontrarte
…fallé por no buscarte,

Porque alguien me donó felicidad,
me despedí de ti como si nada
sin percatarme de que firmaba mi propia soledad.
Ahora no te tengo y mi mente está envenenada

Y si algún día nos vemos por ahí,
un simple “hola” servirá
para pensar “¿Dónde más te vi?”
Dirás “quieres tomar un café”

y responderé “Hoy tengo que hacer. Para mañana será”